Empezar a escribir…

Posted on September 6, 2014

Escribir es un oficio tan gratificante como sacrificado. Obtener obras que nos satisfagan en todos los aspectos tiene pocos secretos: requiere disciplina y adquirir determinadas habilidades  y métodos que desarrollen nuestro buen gusto a la hora de escribir.
No hay que alarmarse. Como sucede con cualquier actividad o afición que practicamos durante nuestra vida, la capacidad para conseguir buenas historias se consigue y se mejora ejercitándola diariamente y poniendo el empeño adecuado, paso a paso, sin agobios, creciendo cada día de manera natural casi de manera inadvertida.

¿Un gran escritor nace o se hace? No son pocos los que afirman que dar con un gran relato es un don inalcanzable para la mayoría de mortales, una cuestión casi genética. Otros, como yo, son de la opinión de que todos pueden alcanzar esa meta. Desde la infancia poseemos las herramientas innatas  proporcionadas por nuestra mente para crear historias y plasmarlas en una hoja en blanco. Escribir “bien” estas historias es el siguiente nivel y lo que nos interesa tratar en este blog. Esa habilidad superior, que alcanza el rango de arte, es la que requiere ser comprendida y ejercitada cada día para que posteriormente, cuando pongamos el punto final a un relato, la recompensa de ver materializado un mundo completo ideado por nosotros utilizando simplemente letras compense con creces el esfuerzo invertido.

Antes de aportar técnicas y métodos para escribir prefiero recurrir a un consejo muy personal, humano, cercano y desde mi humilde visión como aficionado a la lectura y la escritura. Considero esta enseñanza la más importante con diferencia y por eso a ella va dedicada la primera de mis entradas en este blog:

“Escribir es vivir”. 

Las letras hay que vivirlas, y no me refiero a que tengas que experimentar en primera persona aquello sobre lo que has decidido escribir, como si ello fuera a otorgarte el derecho a producir automáticamente una historia de calidad. Emilio Salgari, creador del personaje del pirata malasio Sandokan, nunca navegó por los mares del sudeste asiático. Por su parte, Julio Verne nunca tuvo la oportunidad de descender al centro de la tierra, no realizó 20.000 leguas de viaje submarino y ni mucho menos viajó a la luna. Y sin embargo, los relatos de ambos escritores han pervivido hasta hoy en la cultura popular con un gran poder de convicción que se impone sobre las inexactitudes. ¿Por qué? Porque el corazón de ambos escritores vivió realmente sus respectivas historias, no se limitaron simplemente a narrarlas. Los prodigios naturales y técnicos que son objeto de interés de las obras de Verne no son más importantes que las reacciones e impresiones humanas que experimentan sus personajes ante los mismos. En el caso de Sandokan, es su audacia, valentía y liderazgo lo que destaca sobre la jerga marinera y las corrientes que bañan Mompracem.

Cuando te dispongas a escribir, prepárate para aceptar que tú mismo debes residir en el espacio más profundo de tu obra. Toda la documentación que reúnas sobre el periodo o acontecimiento en el que has decidido ambientarla, tus conocimientos teóricos sobre narrativa e incluso tu experiencia personal relacionada con ella no servirán de nada si al final tú mismo no dejas tu propio ser al completo en el alma del relato. Trasládate a la escena que estás escribiendo e imagina todo lo que eres capaz de ver, escuchar e incluso oler, pero sobre todo de lo que eres capaz de sentir más allá de lo puramente sensorial, lo que eres capaz de intuir desde un punto de vista inconfundiblemente humano. 

Los mejores resultados que he obtenido escribiendo han sucedido en esos momentos en los que conseguía cumplir esta ley máxima que te acabo de proponer. Cuando estaba comprometido totalmente dentro del relato era indudablemente más sencillo describir los objetos, darles color y forma, percibir el olor de la comida en otra habitación e incluso sentir el calor de los rayos de sol que se colaban por la ventana. Pero, sobre todo, era mucho más fácil ser consciente de qué pensaban mis personajes y qué emoción estaba en juego en ese momento. Resumiendo, sabía lo qué quería transmitir yo con lo que estaba escribiendo más allá de lo formal y lo descriptivo, que en realidad es el fin último de cualquier historia.

Esta disposición que debes tener a sacrificarte por tu propia obra la aprendí al leer una carta que el autor F. Scott Fitzgerald envió como respuesta a un joven escritor amateur, que le solicitaba consejo para llegar a ser un gran literato como él. Fitzgerald le señalaba esta verdad de que solo dejando todo su ser en su propia historia para llegar a alcanzar y difundir un sentimiento superior sin reservas, por encima de anécdotas y vivencias personales de categoría inferior que todos podemos contar a la hora de la cena, solo así lo conseguiría. Y le pone de ejemplo la figura de un soldado:

“Nadie está interesado en un soldado que es un poco valiente […]. Podría decir que tu escritura es fluida, agradable y que muchas páginas fascinan. Tienes talento, pero eso es tan solo el equivalente de decir que un soldado cuenta con las condiciones físicas para entrar en West Point”

Lo que Fitzgerald quiso dar a entender es que aunque un soldado tenga las aptitudes para entrar en la mejor academia militar, eso no quiere decir que llegue a dar la talla en el verdadero campo de batalla, donde es necesario que se deje incluso la vida. Cuando te pongas delante del papel y empuñes el lápiz, pregúntate cuánto estás dispuesto a entregar tú como escritor y si es suficiente para conseguir lo que anhelas. Suerte.

Amante de las letras profesional y escritor amateur. Comparto mi idilio con la literatura en sttorybox.com

Solo soy infiel a la escritura cuando me cruzo con el maravilloso mundo del cine y el dibujo.

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