Jamás te amaré tanto como amo a los libros

Posted on August 11, 2015

¡Hola lector, escritor, o cualquiera que haya venido a visitarnos hoy!

El aprecio por la literatura puede ser un motor de vida: hay quien la convierte en su destino profesional, quien hace de la lectura de su principal afición, quien convierte un libro en un tesoro y quien se da cuenta, tras muchos años de mutua compañía, de que no puede alejarse del olor de sus páginas y el abrigo de sus párrafos. Y, como en toda relación romántica, los celos, la ira, o la decepción pueden aflorar, pero bajo cada emoción contenida y liberada lo que se esconde no es otra cosa que eso que podríamos llamar amor. ¿Crees que solo puede sentirse por otro ser que respire? Hoy vamos a ver que no :)

Tú, que seguro que eres un ávido consumidor de letras y más de una vez te habrás dejado seducir por una bonita portada, vas a disfrutar especialmente de el precioso y curioso artículo que hemos escogido para protagonizar este soleado (al menos desde nuestra ventana) martes. Se trata de la adaptación de este texto de la periodista americana Abby Norman, cuyo título nos cautivó: “Jamás te amaré tanto como amo a los libros”. Después de leer esa carta de presentación, no pudimos resistirnos a continuar. Y, después de leer el resto, lo que no pudimos contener fueron las ganas de compartirlo contigo. Esperamos que lo disfrutes. ¡Ahí está!

Jamás te amaré tanto como amo a los libros

“Hay una verdad sobre mí que necesitas saber: Nunca te amaré tan valiente, profunda, honesta y completamente como amo a mis libros. Lo más probable es que, cuando nos conozcamos por primera vez, me encuentres contemplándote detrás de una enorme copia de “El segundo sexo” en una cafetería tenuemente iluminada mientras la voz de Etta James suena suavemente de fondo. Solo te miraré un momento, hasta que el libro demande de nuevo mi atención y yo acceda a prestársela.

El lugar de mi cama que algún día ocuparás está sostenido por libros. Me voy a la cama con Joyce Carol Oates escondida entre las sábanas, tan cariñosa como una madre con su hijo. Por la noche, cuando no puedo dormir, me giro hacia James Joyce y le pido que me cuente una historia. Cuando me despierto, lo primero que veo es la cálida bienvenida de una pila de libros en mi mesilla de noche, esparcidos por mi cama, amontonados en el suelo a mi alrededor, brillando bajo las primeras luces del día.

Hacer tareas en mi apartamiento implica asumir que inevitablemente caminarás por encima de montones de libros. Las estanterías nunca serán suficiente para ellos, les gusta vagar libremente y yo se lo permito.

Incluso cuando no estoy leyendo un libro, éste encuentra un lugar al que pertenecer. Aunque no esté siendo leído, todavía sigue siendo amado. Tal vez se siente útil de otra manera, sosteniendo una silla rota o haciendo de reposapiés junto a sus compatriotas (Fitzgerald, Richard Preston, John Irving).

Yo nunca como sola, tanto si estoy bebiendo un café por la mañana como tomando un muffin con un ligero toque de mantequilla antes de dormir, una de mis manos siempre sostiene torpemente la taza o el cuchillo mientras se balancea un libro en la otra. En mi cocina hay libros que no son de recetas. En el servicio, número atrasados de “The Atlantic” y “The New York Magazine” se mezclan con más volúmenes, que día tras día se unen a mí en un baño caliente.

Algunas personas van a misa los domingos, a mí me encontrarás en una librería, arrodillada ante el altar de la ficción contemporánea, repitiendo en silencio mis oraciones o encontrando un libro que llevaba tiempo buscando, sorbiendo mi café, tomándomelo como si estuviera aceptando una Gran Verdad, sintiendo el lomo de cada libro como un desgastado himnario. Reabriendo viejos amores por mis pasajes favoritos, recitándolos como si se tratasen de un salmo.

Nunca podré amarte como amo a los libros. Nunca podré quererme a mí misma del mismo modo que quiero al escritor que hay dentro de mí. Nunca amaré mi vida física tanto como amo el viaje espiritual que los libros me proporcionan. He vivido muchas vidas y he suspirado por ellas del mismo modo que se suspira por la infancia, por el recuerdo de una vida infinita ante ti que nunca llega suficientemente rápido. He viajado alrededor del mundo, leguas y leguas a través del mar, escalado montañas y ascendido al cielo (dos veces). He sido una aristócrata, una doncella, la madre de un hijo con una enfermedad incurable. He sido un niño pequeño atrapado entre lo que cree que es correcto y lo que quiere creer que es verdad. He sido un anciano intentando atrapar un pez enorme para demostrar que Dios es real. He sido las dos partes de un matrimonio destrozado y reconciliado. He sido una familia entera de niños que descubrieron y echaron a un malvado impostor. He vivido más vidas de las que puedo contar y, aún así, hay infinitas más ahí fuera. Es solo cuestión de dejarme morir un poquito, sucumbir a la primera página y dejarme arrastrar hacia el fondo, donde, durante un rato, encuentro descanso

Nunca podré amarte tanto. Pero puedo amarte. La pregunta es, sabiendo esto, ¿podrás tú amarme a mí?

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Y ahora, cuéntanos. ¿Cómo de identificado te has sentido? ¿Te ha gustado la forma de Abby Norman de reflejar lo que tantos lectores han sentido al sumergirse en sus relatos favoritos? Déjanos un comentario, nos vuelve locos conocer tu opinión, ya lo sabes. Un saludo y nos vemos el próximo martes en el blog y, entre semana, en nuestra plataforma/pequeño baúl de historias, Sttorybox.

Soy algo que redacta, cuenta historias, y hace cosas con imágenes. Preferentemente divulgativas. A poder ser, sobre comida.

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